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sábado, 22 de marzo de 2014

3 am



“Hostia, otra vez despierto a esta hora”, no le bastaba a la noche con hacerme la vida de cuadros para poder alcanzar los brazos de Morfeo. No, también debía hacerme despertar de golpe en medio del sueño. La almohada ya húmeda por la saliva que brotaba como alcantarilla destapada en alguna urbanización de San Juan, las sábanas pareciendo una extensión de la piel, que por el calor sofocante de la ciudad había decidido dejar tal y como el supremo creador la había designado, y la impropia lucecita roja parpadeante del despertador me hacían compañía en este instante maldito donde la mente corre y las ideas se esparcen por el aire. Despegué el rostro de la almohada para estudiar mi alrededor, por alguna razón sentía algo extraño en el aire, un olor distinto, no tan sutil como el de la lluvia que escuchaba chocando contra la ventana, tampoco tan fuerte como el del sudor que emanaba de mis poros. “¿Qué es ese olor? ¿Acaso es su perfume?” Cada vez se hacía más fuerte, penetrando por mis fosas nasales como tropas invasoras en el momento cumbre de la guerra.

Exploré la habitación y estaba tal y como la había dejado antes de cerrar los ojos y decidir luchar contra la noche y encontrar el sueño. Tomé la toalla y de puntas caminé hacia la sala. El olor se hacía cada vez más fuerte a medida que me acercaba a ese espacio común donde recibía las pocas visitas y donde tantas noches buenas tenían su inicio. Al acercarme pude percatarme de que mi primera intuición era la correcta, el 212 que Ella solía utilizar. “¿Cómo es posible? Ella no me visita desde aquella noche” ¿Sería posible, sería que Ella decidió darse la vuelta y no recordaba el suceso? Me parecía tan surreal que Dalí hubiese hecho una pintura genial basándose en mis pensamientos. No sería del todo descabellado, asumiendo que la noche fue de total locura por la punzada en la cabeza que hacía su aparición, fácilmente pude haberme encontrado con Ella y terminar aquí sin tener recuerdo alguno.

Seguí mi camino hacia la sala, con la feliz esperanza de encontrarme con Ella plácidamente dormida en el sofá. Seguía la tenue luz roja parpadeante a la distancia, su celular tal vez, era como mi estrella del norte, la guía hasta sus labios, labios en los que quería pasar noches enteras. Esos labios de los que ya no me quedaba más que el recuerdo de cómo los movía con sutileza tal que todo lo que de ellos emanaba era tan culto que mis oídos debían adaptarse a las rimbombantes palabras que soltaban. Continué caminando, de puntitas y despacio, no deseaba dar un mal paso y despertarla. Deseaba ver su hermoso cuerpo desnudo en total sobriedad una vez más, ese cuerpo que era el causante de varias desveladas húmedas y de mis deseos más viscerales. Movía un pie y luego el otro, marcando el rumbo que me señalaba la lucecita roja parpadeante.

Ya estaba suficientemente cerca como para sentir el olor del 212 dándome golpes en el rostro, me incliné para verla de frente para ver su rostro, realmente para verla desnuda nuevamente. Su cabello le cubría y la sábana que, al parecer, había colocado sobre Ella le protegía del frío. Me arrodillo para seguir sintiendo su olor antes de acercarme más a su piel, solo cubierta por esa fina sábana que había escogido en mi desmemoria. La lucecita seguía su parpadeo y un golpe húmedo hizo que saltara.


Eran las 3 de la mañana…. “¿Otra vez a esta hora?”

domingo, 16 de febrero de 2014

Designio




“Pero y ¿por qué no me dejas subir? ¿Por qué te burlas de mí? Ay creador, por favor, dame la oportunidad de servir de algo. No me sigas embarrando, que mientras más me embarro menos te amo. Te rezo, te rezo tanto, pero nada recibo a cambio. ¿Cómo pretendes que mantenga esta fe ciega? ¿Cómo pretendes que les crea a los predicadores que de ti me hablan? Creador, mi divinidad, ante ti me postro y te ruego. Déjame subir, déjame salir de aquí, ya no te burles de mí.” Fue el lamento más fuerte que he recibido, me conmovieron las lágrimas de mi creación. Nunca le había oído con tanto sentimiento, con tanto amor. Es la única creación que se permitió sacarme en cara que me divierto con su desventura, es quien único se ha percatado de mi juego.

Un juego que sonaba dictatorial, no tenía para lo creado opción alguna más que hacer caso de lo que dicta mi pensar. Ellos no tenían, jamás, voz para reclamar nada, ni siquiera para quejarse. Pero todo cambió con el ruego de esta creación. Aquella noche en la que se postró junto a su cama e implorando me reprochaba. Cierto, su vida había estado a merced de mis palabras, de mis letras y mis designios. Nunca había tenido la potestad sobre sus acciones y era casi como si el juego de la memoria que en mí se hacía visible, corriera libremente en su vida. Esa creación era yo, pero no era yo. Era la vida que yo creía que estaba viviendo, olvidando por completo los instantes en los que me volvía el gobernante totalitario de la vida de ellos, los instantes en los que yo era Dios.

Así, esa noche decidí responder a sus súplicas, a sus lágrimas desparramadas por el suelo, a sus ruegos perdidos en las páginas anteriores. Ya no sería más un espejo vivo de mis desventuras con la divinidad en la que suelo creer, por el contrario, ahora yo sería su Dios benevolente. Su vida cambiaría para ser lo que yo deseo para la mía. Con esto no estoy diciendo que dejaré de jugar a ser Dios y a ser un despótico rey en la vida de estas creaciones mías, por el contrario, solo digo que he de suavizar mis acciones para permitirles mayor libertad de elección. Tendrá frente a sí el camino que desea y el camino que deseo y al final habrá de escoger el que mayor placer le cause. Después de todo, quiero que continúe implorándome en sus noches, pues sus súplicas mantienen mi inmortalidad, como los ruegos de los mortales mantienen vivos a los dioses del Olimpo.


Cuando despertó, sintió un derroche de energías que no había sentido nunca antes, pero olvidó agradecerme. Su gato morirá….

domingo, 9 de febrero de 2014

A la ventana

"Gala"-Salvador Dalí

Observaba el papel con esmero tal que hasta el más inculto diría que se acercaba la mayor de las tormentas que su mente podría crear. Empuñaba el lápiz y fuertemente presionaba el carbón sobre la blancura del textil, para luego levantarlo dejando simplemente la impresión de un tenue punto. El proceso se repetía con cada minuto que pasaba, asomaba la vista por la ventana que daba hacia la casa vecina y luego al folio, así sucesivamente por las siguientes dos horas. Siempre dejando una impresión más profunda del mismo punto carbonáceo, no dejaba un trazo, no había una letra, pero si flotaban muchas ideas.

Al cabo de esas dos horas se levantó del asiento, caminó hacia la ventana y fue entonces cuando la vio. Sus negros cabellos cayendo de manera ondulante por su cuello, cual cascada que se desbarracaba por unos aliriados peñascos. Su piel arropada de estrellas, sus ojos profundamente flechados en un punto exacto del espejo en su tocador. Soltó su blusa dejándola caer descuidadamente. Estaba él absorto en la imagen, ¿cómo era posible que nunca hubiese visto tal creación? ¿Cómo alguien como él había pasado por alto tal visión? Siguió observando, como un niño travieso que espera ver el resultado de su más reciente travesura. Cuando ella se volteaba, él se ocultaba, cuando ella regresaba al tocador, él se asomaba. Así hasta que ella se hubo despojado de todas sus vestiduras.

Entonces fue que la tuvo de frente, enmarcada por su ventana, la más bella obra de arte que sus ojos habían podido crear jamás. Su piel marcada de estrellas, sus negros cabellos bajando en cascada por su cuello y sus ojos ahora fijos en la ventana contraria; sonrió y se ocultó. Por su parte él tomó el lápiz y comenzó a escribir lo que primero llegara a su mente.


La suave brisa hacía que las cortinas de su alcoba se levantaran hasta rozar su rostro. Con un movimiento abrupto levantó el rostro descubriendo el papel lleno de puntos carbonáceos frente a sí, sin más acompañantes que un lápiz quebrado y una vista cansada. Creyó escuchar el estruendo de un camión alejarse de la calle adjunta a su habitación y al levantarse para observar qué ocurría pudo ver una piel y unos cabellos extrañamente familiares, ella volteó para internalizar su entorno y al descubrirle en la ventana le dirigió una tímida sonrisa en la que él se reconoció. Desde entonces aguarda todas las tardes, cuando la suave brisa agita sus cortinas, frente a la ventana, esperando tener un vistazo de esa piel bañada de estrellas y de esa obra maestra de la que no podía borrar la impresión.

domingo, 15 de diciembre de 2013

El andén número doce




Era el andén número doce, el año no lo recuerdo muy bien, comenzaba el brusco movimiento ondulante provocado por las ruedas del tren que comenzaba a moverse, a alejarse de ese estado estancado putrefacto en el que había estado oxidándose. En esos primeros segundos de la partida no cesaba de recordarla con su cabello negro asido a un lado, con esa mirada tranquila observando al punto fijo del salón de baile en el que nos encontramos.

Recordé su poesía, recordé sus cuentos y sus rostros, observándome desde el papel en el que los plasmó con esa tinta roja distintiva. Con el tren se alejaba mi esperanza de algún día permanecer entre sus papeles levemente amarillos, tiznados con el color del tiempo. Atrás quedaba el andén número doce, atrás quedaban mis sueños de joven libre, por las calles de Buenos Aires. Atrás quedaba mi pequeña niña de los cabellos negros.

Pero no podía dejar de quererla, no podía dejar de pensarla. Buscaba escribir, lograr lo que ella lograba en esos papeles marchitos por el tiempo. Buscaba alguna imagen que pudiera plasmar en palabras, una imagen de esas que ella plasmaba tanto en la tinta de un lápiz de cera como en la tinta que dejaba la maquinilla dura, oscura, oxidada que se encontraba en el sótano de la casa de sus padres. Quería comprenderla, quería quedarme en sus palabras, como ella se mantiene en las mías.

Y el tren avanzaba, se movía hacia la boca del dragón que me consumía todas las noches. Ese dragón de los ojos rojos que me observa desde la ventana con sus grandes y afilados colmillos de lanza, buscando traspasar mis entrañas y beber mi ser. El dragón que ella me había lanzado, ese dragón que no me permitía dormir, pues estaba presente en cada latido de mi corazón, en cada nervio que se activaba en el momento en que la recordaba.

Se movía lentamente dejando atrás el recuerdo, dejando atrás a la niña del pelo negro. La misma niña que prefirió seguir su cuerpo a seguir su intelecto. La misma niña que ya no era niña, pues desde aquella noche fue mujer. Mujer en las palabras, mujer en las letras, mujer… mujer pues estuvo detrás de mis secretos más íntimos. Del plagio que me consume, de la incapacidad al escribir de manera tan íntima como ella lo lograba.

Y con el movimiento me adentraba cada vez más en el camino del dragón. Ella quedaba en el andén número doce habiendo encontrado amor, habiendo encontrado la manera de que sus palabras brotaran libres, brotaran junto a sus dibujos de manera irreflexiva y abriendo una cornucopia de sabores, textos y texturas. Quedaba ella con lo que atrás debía dejar, pero se mantenía, se mantenía porque mis letras no la dejaban ir, porque ellas querían que permaneciera ahí para que fueran lo único que impidiera que cayera por el esófago de aquel dragón que ella había lanzado a mi camino.

Era el andén número doce, después de recorrer, después de esperar encontrármela, nunca llegó. Quería verla una última vez, saber que la bestia no estaría esperando por mí al final del camino. Imaginar que no sería capaz de tal sacrificio. Pero no estuvo, el tren se alejó y atrás quedó Buenos Aires. Llegué a mi destino que no era lo mismo, me sentía solo y vacío.

A los pocos días recibí una carta, en el mismo papel amarillo en el que ella escribía. Sentí a la bestia posarse a mis espaldas. Abrí la carta con el aliento putrefacto del dragón insertándose por cada uno de mis poros. Leí sus letras y al voltear el rostro… vi la negrura de sus cabellos y el miedo inminente de saberme devorado por la bestia del olvido. Al final… todo cesó de existir.

El movimiento ondulante del tren y el sonido de la poderosa maquinaria que le hacía adelantarse en el camino hicieron que mis ojos se separaran. A lo lejos veía mi destino, Buenos Aires, que me esperaba con sus brazos extendidos y toda una vida por delante. Saqué la libreta y comencé a hacer garabatos de letras y rostros, de quienes fuera que pudiera observar. Al cabo de unas horas el tren se detuvo.

Había llegado al andén número doce en Buenos Aires, el año no lo recuerdo bien, mi traje gris impecable me hacía sentir importante al llegar a una nueva ciudad. Entonces la vi, su cabello negro asido a un lado y su traje de color carmesí. Me miró de reojo y él la tomó del brazo, yo solo decidí seguir, algún día la tendría cerca de mí, después de todo, mucho tiempo quedaba para encontrármela. Después de todo la bestia del olvido me había hecho dejar atrás el rincón y comenzaba un nuevo rumbo.


jueves, 17 de octubre de 2013

Nombres en la arena

Una tarde en San Juan
Sentado en la orilla del mar, en esta noche tranquila, medito en lo que aquí ocurrió hace apenas unos meses. Sus ojos, que me miraban fijamente, y su sonrisa obnubilante revestían la noche de calma. Tomó una pequeña rama que encontró en el piso y justo aquí, en la orilla, donde el mar besa la tierra, donde los poetas sueñan con tierras lejanas, aquí, escribió nuestros nombres. Saqué mi cámara y me adueñé del momento en una fotografía de su encorvada anatomía mientras hacía los ademanes propios de la escritura. Todo me parecía divino, blanco, puro; un momento de total y completa calma y felicidad. Al guardar la cámara corrí tras de ella y con un fuerte abrazo la levanté del suelo; mis pies rozados por la sal, los suyos acariciados por la suave brisa playera y nuestros nombres escritos en la arena. ¿Quién habría de pensar en tormenta alguna que arremetiera contra estas costas?

El mar seguía su vaivén, mojando mis pies, la luna bañando mi cuerpo y el horizonte en calma, mientras yo meditaba en la temporalidad de la vida y en la paradoja que se crea al escribir en la arena lo que se piensa eterno. La misma arena que tiende a rellenar sus huecos, la misma arena que el agua moja para arrastrar todo cuanto encuentre sobre ella. ¿Por qué escribir nuestros nombres en la arena? ¿Por qué profesar amor sobre un lienzo pasajero? La eternidad que el ser humano anhela y la fugacidad presentada por la naturaleza. Dos fuerzas encontradas, dos fuerzas inquebrantables, pero que al final le dejan ver la realidad a quien la padece: nada es eterno, ni siquiera lo escrito.

Hoy me siento en la misma orilla donde solía reír y soñar como joven poeta en búsqueda de aventura, me siento con la luna como compañera, me siento a esperar por ella; pues sé que algún día ha de regresar, como el mar va y viene, besando la orilla, volviendo a la profundidad. Y espero, como espera un poeta la respuesta a su botella lanzada al mar, como esperan los amantes que lo escrito en la arena no se borre jamás, como esperan los niños en la noche de paz, así espero, con la esperanza quebrada, pero con la idea pegada. Con el último beso de la espuma me levanto, arrastrando los pies sobre la arena que alguna vez fue testigo de su presencia, y a lo lejos los veo, escribiendo sus nombres con una varita en la arena, sin saber que la varita es un instrumento y a la arena se la lleva el viento.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Diario: entrada 1



La presentación de mi poesía fue como de costumbre, me senté en la tarima y con la mirada fija en lo que había escrito comencé a recitar las palabras que había escrito en desvelos anteriores. La había visto, estaba allí sentada, entre una multitud de personas que, más que personas, podían ser pirañas devorando una presa. Supe que no estaba cómoda y obviando mi usual rutina, me levanté y así, parado en la tarima, con la fuerza que me brindan las palabras, la observé y con la usual voz recité uno de esos poemas que guardaba para mí:

Andamos en esta vida sin conocer rumbo
están quienes el paseo se disfrutan
y también quienes por la prisa dejan ir todo
andamos en esta vida tratando de encontrarnos
buscando conocer de lo que guardamos cada secreto
aprender en la marcha, para eso andamos
caminamos sin saber quién nos acompañará
sabiendo que el mar no es la última frontera
y que después del cielo está el espacio
andamos en esta vida buscando quien nos de la mano
para con ese impulso llegar más allá de las estrellas
y tener con quien platicar en las noches largas
caminamos de manera solitaria, pero siempre en espera
buscando encontrar otro caminante errante que nos acompañe
andábamos aparte y nos separamos
fue la vida quien se empeñó en el camino cruzarnos
y es ahora que creo con firmeza en lo que dijo Cortázar
“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”

Sus ojos se encendieron al escuchar esa última frase y de la tarima bajé. Observé tu contoneo al salir del grupo que le abacoraban y dirigirse al baño. Y yo caminé hacia la barra, el bartender ya me conocía, sabía de mis andadas y a él le comenté: “Está aquí.” Me miró, mientras secaba un vaso, con una cara de complicidad que quería decir más de lo que las palabras podían pretender decir. Siempre fui incapaz de dirigirme directamente a alguien sin sonar como todo un imbécil y quedar como estúpido; pero en realidad sentía una atracción fatal hacia ella. Fatal pues sé que al conocerla la vida como la conozco terminará. Volteo mi rostro para ver en dónde se encontraba, aun no salía de su pausa. Vuelvo y miro al bartender y este me dice con cara de amigo consejero y cómplice en las fechorías: “Te tiene loco, eh!” Bajo mi rostro y observo las rendijas que tiene la barra antes de decirle, con una sonrisa dibujada en mi rostro: “Hermano, no tienes ni la más mínima idea.”

Fue en ese momento que a mi amigo el “poet-tender”, como se hacía llamar pues era poeta y bartender, se le ocurrió entregarle una libretita con todos los poemas recitados esa noche. Al fin y al cabo, todos los poetas habían escrito los suyos en una libreta común a petición de quién organizó el encuentro. Escribí los míos y me dijo él: “Escribe algo corto al final.” Decidí en contra de ello, llovía y tenía fe de que tal y como la encontré esta noche aquí, la encontraría nuevamente en la ciudad a la que desde hace poco llamo hogar. Así que la táctica estaba trazada. Obviamente, no sería el ejecutor, fue por obra divina que Jota se me acercó y me preguntó que hacía. Le dije: “¿Viste a la mujer que estaba con ese grupo de personas de ahí?” Con la cabeza me dijo que sí, entonces le conté sobre la estrategia y con su habitual sonrisa pícara me dijo: “Oye, Lance, papá… te tiene de cabeza si vas a hacer esto. Pero, vamo’ a hacerlo.” Jota hizo su movimiento, justo cuando ella salía se la encontró y le entregó el librito, bajo el pretexto de que estaban entregando uno a cada quien que se encontraban, la realidad, era solo a ella.

Regresó con su grupo y luego salió del recinto. Jota regresó a la barra junto a mí y al “poet-tender” y conversamos un rato más. Miré a Jota y le dije nervioso: “¿Crees que funcione, que la vuelva a encontrar?” Jota nuevamente me dio su media sonrisa y me dijo con el mismo tono de seguridad con el que recita sus poemas: “¡Claro!” Respiré profundo y les dije a ambos: “La táctica fue trazada… ahora a ver si mi estrategia rinde frutos. ¡Ay Benedetti! Dame la mano desde allá arriba.”

De eso van par de días y con esta lluvia no he podido darme la vuelta más por el café dónde por primera vez la vi. No sé si me leyó, no sé si lo perdió, no sé nada de ella, pero de algo tengo total certeza, esa mujer me ha volado la cabeza.

lunes, 5 de agosto de 2013

Experimento #3

Me acuesto escuchando de tus rojos y suaves labios el sonido blando de un poema de Benedetti. Observando tus ojos de miel, moviendo de parte y parte para dar lectura a lo que tus labios sueltan. Tus manos siguiendo cada letra escrita por el maestro, tus piernas estiradas entre las mías. Tus cabellos sobre mi pecho, recostados y usándome como tu almohada de lectura preferida. Observo tu rostro con sus sutiles pecas sobre esos pómulos redondos que tienes que me hacen sonreír sin razón alguna. Y tu voz melodiosa pasa de un maestro a otro, de Benedetti pasas a Neruda y continúas con el mismo ímpetu y deseo de leerme cada poema que te encanta.

Bajo mis manos por tus costados, rozando tu piel desnuda junto a la mía, tus pechos, tu vientre, tu ombligo, llegando suavemente a los muslos que tienes junto a los míos. De dos personas que fuimos, luego de esta noche somos uno. Y sentados juntos sigues leyendo, con tu acento de boricua, tus pausas diferentes a las mías, pero aun queriendo demostrar que no soy el único que conoce de literatura. De Neruda pasas a Octavio Paz y con esa misma paz continúas tu lectura. Mis oídos se deleitan con el suave sonido de tu voz y mis ojos se apegan en el reflejo de tu cuerpo en el espejo de enfrente. Tu cama ha resultado el santuario más perfecto para la lectura, tu lectura. Mi cuerpo y tu cuerpo se unen en un momento exacto, raro, eterno. Rodeados de libros, de poesía, de escritos y de papeles sueltos fuimos extraños juntos y fuimos uno. Rodeados de libros, de poesía, de escritos y de papeles sueltos, leíste para mí.


Tu táctica fue perfecta, me atrajiste aquí y con tus palabras, las de ellos, te quedaste en mí. Quisiste quedarte en mi mente y lo has logrado, no con sexo, si no con palabras, con versos. Tus versos, sus versos. Tu voz, su voz, todo habla en ti. Tu reflejo y el mío mostrando la unidad de dos seres que alguna vez fueron extraños pero que la literatura unió. Eres tú, eres tú, aquella que de niña vi, aquella que de mujer quiero y que ahora a mi lado tengo. De Octavio Paz pasas a Bécquer y sus golondrinas. La luz de la luna se nos mete por la ventana y la noche nos cubre con su manto. Pronto será de mañana y veré el primer amanecer contigo, con tus pechos, con tus piernas, con tus brazos, con tus manos, con tus ojos, con tus labios. Y volamos, volamos con las golondrinas y en conjunto. Y al final de tu lectura, me miraste con esos ojos de miel y con esos labios me besaste y te dije una frase de una canción que hace mucho que no escucho… “Es que nadie como tú me sabe hacer café”.

lunes, 29 de julio de 2013

Aparentemente... también escribe

No es precisamente el lugar, pero algo así fue


           La miraba, era un impulso que sentía cada vez que la veía sentada en el mismo rincón de la misma cafetería en una rutina diaria digna del científico más perfeccionista. Su cabello, su sonrisa, su mirada abstraída del mundo, todo me hacía señales de humo. Esa mujer, esa mujer era la musa que tanto le pedí a los dioses. Hoy, no fue la excepción, la miraba fijamente desde las afueras, ella sin saber que la observaba se mantenía dentro de su rutina, decidí romperla. Entré a la cafetería, sin fijarme mucho en su nombre, tomé asiento en una posición en la que sus ojos podrían cruzarse con los míos sin mucho esfuerzo. Mi gorra verde de corte militar, mi camisa desgastada, estos mahones que dejaban ver cuánto he vivido y mi calzado deportivo color marrón; no eran el mejor atuendo posible para este deseado encuentro forzado, pero era todo lo que tenía al momento.                      

         Vi al mesero acercarse a su mesa y decirle algo al oído, luego de entregarle un café mañanero. Ella titubeó y trató de no mirar pero se sabía que alguien me había ganado en la partida, tenía que ser aquel hombre de buen porte sentado en posición perpendicular a ella. ¡Mierda! Tantas veces la vi en el mismo lugar y no hice nada, pero hoy, hoy que decido dar un salto de fe, tiene que venir este yupi a ganarme en la carrera. Me desairé, tomé un respiro y saqué mi libreta. El mesero llegó a mi mesa y me hizo la pregunta de rigor: “¿Qué se le ofrece?” Era obvio, mi atuendo no era el que se esperaba en un lugar de este tipo a estas horas, pero que podía hacer, sin mediar mucho le dije: “Un café no estaría nada mal.” El mesero sonrió y siguió, aparentemente a llevar a cabo mi orden. Seguí observándole mientras desayunaba con ese yupi. Sus cascada de cabellos bordeando su cuello, su sonrisa, su voz. Todo lo registraba, el mesero llegó con mi café y me preguntó: “¿Usted escribe?” Mirándole y sonriendo le dije: “Si, también escribo”.         
        Sin preguntarme el mesero tomó asiento y me dijo: “¿Qué género escribe usted? Tenemos una cliente asidua que es escritora, aquí entre nos, anda trabajando en una novela”. Quedé sorprendido, no podía ser que yo estuviese observando a la misma mujer de quien este mesero me hablaba. Al final me limité solo a contestar su pregunta: “Escribo poesía, de hecho esta noche tengo una presentación en La Respuesta.” El mesero quedó intrigado y me continuó hablando: “Un poeta, eso es difícil de hacer.” Su expresión era algo que había oído varias veces ya, pero por seguir la conversación le dije: “No es tan difícil, es sólo cuestión de querer hacerlo. Me llaman Lance, por cierto.” El extendió su mano y muy sonriente me dijo: “Me llamo Ángel, espero seguir viéndote por ahí.” Se levantó y antes de retirarse me dijo: “Espero que disfrute su café.” Sonreí y los vi salir, creo que este café será el más amargo que he probado en mi vida.

sábado, 13 de julio de 2013

Experimento Literario

Era la noche de un viernes cualquiera, las voces se conglomeraban todas en el bullicio callejero. Se hacía evidente por las estridentes risotadas de la gente que era la noche perfecta para comenzar el fin de semana. Aquellos que recién salían de trabajar aún vestidos con el ajuar que deben utilizar a diario andaban por la calle sin prestarme atención alguna. Parejas de jóvenes tan pegados que resultaría casi imposible pasar un trozo de papel entre sus brazos. Sonrisas amplias, el olor a la prima noche y la esperanza de una noche inolvidable inundaban mi espacio; ese espacio que había hecho mío y que todas las noches me permitía entrometerme en la vida de alguien, después de todo, no me pagan solo por un viaje.

Resulta que soy taxista, todas las noches mi trabajo es traer y llevar gente de su destino a salvo. Siendo sinceros no es el mejor trabajo que pude conseguir, pero uno hace lo que se puede para sobrevivir. Sigo estudiando, pero a pocos parece interesarles lo que pueda decir un estudiante de literatura a estas horas de la noche. Me resigno a escuchar sus historias y escribirlas en algún pedazo de papel dentro del cuaderno que mantengo siempre en la guantera. Recuerdo cada historia que me hacen los borrachos que se creen superhéroes o los casanovas más grandes que jamás hayan existido, estas no necesito escribirlas porque parecen ser repetitivas, aparte siempre me tocan los mismos borrachos de siempre. Pero hay noches, noches que prometen demasiado y que las historias que guardan son tan buenas que apago mi luz de taxi y me pongo a escribirlas. Resulta que esta noche de viernes me da el presentimiento de ser una de esas noches prometedoras, aunque a decir verdad anda floja en términos de clientela.

Ya cansado de dar vueltas y a eso de las 10 de la noche decido tomarme un descanso, nada fuera de lo común, en noches flojas como esta no me es poco común echarme una que otra siesta en el taxi. Fue cuando toco tres veces al cristal del taxi. Tan tonto fui que no apagué la luz, pero bueno la siesta podía esperar, el dinero llamaba y era raro que lo hiciera. Era una hermosa chica, de pelo castaño, tez blanca y labios hermosamente rosados. Llevaba puesta una mini-falda color azul y una blusa cuyo escote en la espalda era impresionante. Entró en el taxi y miré a todos lados antes de encender el coche, en casos de chicas como esta rara la vez andan solas.

Encendí el motor y le hice la pregunta de rigor: “¿A dónde la llevo señorita?”. Ella sonrió, soplando su nariz disimuladamente, y me dijo: “Sólo sigue…”. No entendí la situación y pensé que esta mujer pensaba matarme, pero si no lo hacía al menos era una buena paga, a mayor distancia, más cobro. Encendí la radio como de costumbre y ella sacó su celular, varias veces en realidad. Parecía estar esperando algo que no llegaba. Yo me dediqué a observarla por el retrovisor y debo decir que no tapaban mucho sus largas piernas y su mini-falda azul. Daba vueltas alrededor de la manzana, realmente no sabía ni qué rayos hacía, solo cumplía sus órdenes, “seguía adelante”.

Al poco rato de estar dando vueltas pude ver como de sus ojos brotaba una lágrima ennegrecida por el delineador de ojos que llevaba puesto. Me parecía irreal que una chica con esos ojos azul cielo pudiera ser capaz de llorar con la negrura que causa la amargura. Quise ser prudente y no decir nada, solo acatar la orden de la hermosa pasajera que llevaba en el asiento trasero, pero el escritor que en mi habita se interpuso y tuve que preguntar. Después de todo, una hermosa chica que llora con negrura siempre tiene una buena historia para hacer algo. Miré por el espejo retrovisor y le dije: “¿Por qué llora?” Ella levantó la mirada y como queriendo disimular su tristeza me dijo: “Por nada…”. Pude notar por su tono de voz que realmente tenía algo incomodándole, quizás fue mi propia pregunta, pero la imprudencia pudo más y volví a comentar: “Señorita, puede confiar en su taxista de turno. Aparte, debe hacerle bien contarle a alguien que le pasa.” Volvió a levantar la vista y otra lágrima negra rodó por su mejilla, me sonrió y me dijo con toda tristeza: “Por un tipo…” Mi mirada buscaba la de ella a través del retrovisor mientras continuaba su historia: “Un tipo que se cree que soy tan pendeja que voy a creerle que no me engaña después de esta noche.” En ese momento supe que la cosa se ponía seria, pero era muy buena para escribir sobre ella, rara vez tenía historias de infidelidades en mi taxi, no es el tipo de historias que un taxista joven y con ínfulas de escritor encuentra cada noche, más bien nos eluden.

Tomé valor para dármelas de gurú del amor o poeta de la calle, cualquiera vendría bien, y le dije: “Una mujer tan hermosa como usted, no debe llorar por un idiota que le sea infiel.” La bola ya andaba corriendo, noté como sus ojos azules se fijaban en los míos a través del retrovisor y fue cuando tomé en mi mente la decisión de hacer de esta noche la más memorable en mi cuaderno. “Que cree si vamos a la playa, así despeja la mente. Aparte, mi turno ya casi termina.” Soltó una pequeña carcajada y se recogió el pelo tras su oreja derecha, tanto tiempo de taxista ya sabía que una chica se recoge el pelo por una de dos cosas: a) se está acomodando una hebilla y/o rascándose el cuero cabelludo, o b) su interlocutor le interesaba lo bastante como para querer verse lo más atractiva posible. Como quería que fuera la opción “b” fue la que me creí y corrí con la bola.

Sucede que llegamos a la playa del Escambrón, el mar daba leves golpes contra las rocas cerca de donde estábamos. El viento soplaba de manera tranquila y todo andaba a las mil maravillas. Saqué del baúl de mi taxi una toalla, con la que siempre cargaba solo en caso de emergencia, y la coloqué sobre la arena y me senté. Invité a mi acompañante a hacer lo propio y accedió con gusto. Las lágrimas ennegrecidas habían dañado un poco su elaborado maquillaje y a decir verdad me daban ganas de quitárselo por completo para ver como era su rostro sin todo ese polvo. Saqué del taxi unas toallitas húmedas y seguí sacándole el maquillaje del rostro gentilmente. Sus grandes ojos azules se fijaron en los míos y vi como su hermoso rostro se revelaba frente a mí.

Era hermosa, tan hermosa como la noche que nos rodeaba. Se me acercó y me habló al oído: “Tanto rato juntos y aún no sabemos nada de ninguno.” Sonreí y le pregunté, aprovechando la coyuntura que me había abierto: “¿Cómo te llamas?” Volvió a recoger su cabello castaño tras su oreja derecha y sonriendo me dijo: “Verónica… ¿Y tú?” Miré a la arena y luego a sus ojos directamente, sabía que había leído mi nombre en el taxi, no puede ser que lo haya obviado durante la hora que estuvimos dando vueltas sin un rumbo fijo. Aun así sonriendo le contesté su pregunta: “Lance”. Claro que le contesté con el nombre que utilizo a la hora de escribir, sabía que había visto mi nombre en el taxi, no había razón para decirle nuevamente el nombre que ya sabía, aparte Lance siempre he creído que suena más atractivo que mi nombre de pila. Sonrió y miró al mar. Se levantó y salió corriendo hacia el agua, supe en ese instante que esto terminaría en una de dos formas: a) terminaba empapado y arropado con ella o b) terminaba en un hospital. Me levanté y corrí tras de ella, las olas azotando nuestros pies, yendo y viniendo, yendo y viniendo. Las estrellas sobre nosotros y la luna estaba de testigo. Estuvimos frente a frente, nariz con nariz, aliento con aliento y cuando todo parecía indicar que lo que seguía era el beso… cayó la lluvia. Una lluvia de esas que ennegrecen el cielo pero que nadie esperaba pues hacía unos segundos antes estaba todo claro.

Suspiramos y salimos corriendo hacia el taxi. Entramos ambos y nuevamente le hice la pregunta de rigor, esta vez sabiendo que el viaje de regreso sería el último viaje que haría esa noche: “¿A dónde señorita?” Su carcajada esta vez fue más juguetona y me dijo: “A casa, galán”. Con esa contestación lo supe, coronaba la noche y mi historia estaría completa. Pero aún me quedaba algo por hacer, debía entregar el taxi, la llevé a la estación e hice que esperara fuera, sólo para no cobrarle el viaje. Tomé mi auto azul y la subí. Seguimos el camino hasta llegar a la avenida Luis Muñoz Marín en Río Piedras, doblé hacia los edificios esos que llaman comúnmente “Las medias lunas”, esos edificios que dan paso a la urbanización Baldrich. Entramos a su edificio, estacioné mi auto y subimos hasta su apartamento. En la entrada me miró fijamente, como me había mirado en la playa, pero esta vez no había lluvia para dañar nuestra oportunidad. Estuvimos cara a cara, nariz con nariz, aliento con aliento y labios con labios. Entramos a su apartamento y digamos que le besé hasta la sombra esa noche. A la mañana siguiente, como de costumbre me desperté temprano solo para descubrirla mirándome a los ojos y besándome nuevamente.

Sus grandes ojos azules, su castaño pelo, su rostro hermoso, todo a mi lado esa mañana. Me miró y me preguntó: “¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?” No pude hacer más que soltar una carcajada y le contesté: “Tanteaba hasta que encontró el amor de su vida.” Me miró y me dijo: “Una vida es mucho tiempo” y le contesté: “Tengo tiempo para esperar”.


Desde aquella noche y luego aquella mañana no he tenido una historia más en mi taxi. Ya no trabajo en la zona universitaria, alguien me descubrió con aquella chica y me transfirieron a la zona turística, donde abundan las especies conocedoras de los dinosaurios, perdón, mayores de sesenta años, que las chicas hermosas de veintitantos. Pero eso no me ha impedido seguir llenando mi cuaderno, ya no son historias de borrachos o universitarias en celo, ahora son poemas y cartas dedicados a la vida que pude seducir. Después de todo, ¿qué más puede hacer un taxista que seduce a la vida escribiendo poesía?

miércoles, 3 de julio de 2013

"Amor a una estrella"

Me miraba, lo sabía, sus grandes ojos marrones fijos en mí. Sonreía, con su hermosa sonrisa de niña y me hacía sonreír por instinto. Su pelo castaño revoloteaba con el viento, ondeaba como olas en el gran océano que detrás de ella se encontraba. El sol radiante lograba sacarle brillo a cada uno de sus cabellos, tonos de rubio y marrón se entrelazan en un solo cuerpo. Su tono de piel absorbe el calor del sol, el brillo de la arena, la sal del océano. Su traje de pequeñas florecillas rosas, amarillas y violetas vuela con el viento. Y me mira, me mira como nadie me ha mirado nunca, fijamente y sin detenerse por un segundo. Sonríe, sonríe como nadie ha sonreído antes frente a mí.

Sus labios rosados enmarcando sus dientes y su sonrisa de niña. Las carcajadas saltan al viento y se mezclan con el sonido del mar, y me grita, me grita para que me acerque y pase tiempo con ella. Junto a la fogata que encendió, fogata en la que el fuego danza, danza al ritmo que ella propone. Su jugueteo de niña, su movimiento de danza inmadura que me roba carcajadas. Y ella, ella se moría de la risa, me daba carcajadas que me robaban el aliento y la vida entera. Me miraba, me miraba y yo sonreía, me daba su sonrisa y yo me reclinaba. Me reclinaba para verla mejor, para esperar que cayera a mi lado. Pero bailaba, bailaba con tal gracia que parecía que el fuego danzaba junto a ella, que el fuego le acompañaba y le hacía coro en el baile.

Su aroma volaba con el viento como volaban sus carcajadas a mis oídos. Sus ojos marrones, sus mejillas rojas, sus labios rosas, su rostro de niña que se niega a crecer. Todo se mezclaba en un atardecer de ensueño, un atardecer de esos que transportan a quien le observe. El paraíso junto a ella, qué más hubiese deseado un joven torpe como yo. Cerraba los ojos para mirarla, para sentir su risa justo a mi lado. Pero ella bailaba, bailaba y bailaba, junto al fuego.

La luna salía del horizonte y las estrellas vestían su cuerpo. Se acercó a mí, cada paso de un brinco, cada brinco de un salto y cada salto la acercaba a mí. Me reclinaba, me reclinaba por verla ahí, desde abajo, esperando que se derrumbara sobre mi cuerpo, y me diera un beso de esos por los que entregaría todo lo que pudiera alcanzar. Se movía con la gracia de una ninfa, a carcajadas me llevaba donde ella. Era la visión más hermosa, las pléyades lloviendo sobre ella y todo el tiempo caminando hacia mí.

El brillo en sus ojos mirándome fijamente, fijamente como se miran los amantes al final del mundo. Y acercándose me hizo cerrar los ojos e inmiscuirme entre los aromas que emanaban. El perfume de Paris Hilton de la mujer de enfrente, el fijador para el cabello de la chica rubia de la extrema derecha y la mantequilla extra puesta sobre las palomitas del niño de enfrente. Desperté, y ella me seguía observando desde la pantalla, fijamente, con dulzura, con amor y las luces se encendieron. Las voces se escucharon y se mezclaron todas en un alboroto. Yo, por el contrario, me recliné nuevamente intentando volver con ella. Pero al abrir los ojos los créditos pasaron, su nombre apareció y me despedí: “Hasta la otra… Emma… Te Adoro”.

miércoles, 26 de junio de 2013

Experimento literario

   
Por cada taza hay mil historias

     La música estaba en todo su apogeo, un sonido suave que te lleva a un trance, las cuerdas de una guitarra resonando en todo el establecimiento y la voz de un cantante diciendo “Quieren que hable… quieren que escupa…”. La suave brisa del campo entrando por la ventana, las risotadas de varios jóvenes que tanto suben como bajan en este lugar y las palabras alejadas de aquellos que entran y salen de la catedral del conocimiento que queda justo en frente de donde suelo pasar mis tardes. El olor del alcohol se mezcla con el olor de los libros y el olor de un café recién hecho. Chicos y chicas suben en trance camino a la barra para pedir aquello a lo que llamen “néctar de los dioses”, sea café o sea una buena cerveza. Todos se miran, todos me miran, ninguno hace ningún gesto pero sé que todos esperan que me mueva para atacar la mesa en la que estoy como pirañas hambrientas devorando su presa.

       Mientras todo ocurre yo sigo absorto en mi libreta, escribiendo, haciendo eso que me da el escape diario que tanto anhelo. Hoy, contrario a otros días, mis palabras no se transportan a la poesía, aunque muy bien podrían debido a la música. Hoy tengo otras cosas en la mente y por eso escribo, escribo para describir, para darle vida a una nueva persona, una que lleva días rondando mi mente. Su pelo castaño y su mechón rosa, su lunar en el centro del mentón, su tatuaje de coquí taíno justo detrás de la oreja izquierda, sus ojos color miel que son tan penetrantes como una espada medieval. Poco a poco toma vida esa persona que me ha tocado a la puerta. Sus gustos musicales ahora correspondidos por la música que me rodea “Todo pasa y todo queda… pero lo nuestro es pasar…”. Ella se quedó con mi mente y no he logrado darle vida, pero al menos sé cómo describirla.

       Me levanto dejando la libreta cerrada con el lápiz dentro, me dirijo a la barra a pedir otra cerveza de esas de Chicago llamadas “312” y regreso a mi puesto. Las miradas de pirañas cesaron y ya puedo estar tranquilo, sabiendo que mi puesto está seguro. Fue en ese momento que subió ella, una chica casi idéntica a Camila, acompañada de una chica color canela. El color sepia de la piel de esta chica me dio el tono de piel de mi Camila y así lo escribí. Fueron directo a la barra y contrario a mí, pidieron un café. Se sentaron en una esquina a esperar y pude seguir observando detalles de esta mujer. Como si el destino supiera mi pensar el sonido distintivo de la guitarra de Carlos Santana se quedó con el lugar y “Smooth” se apoderó de mi pensamiento. El movimiento ondulante del cuerpo de esta mujer me hipnotizó.

       Con cada movimiento de izquierda a derecha y de derecha a izquierda me transportaba a un sueño, como aquel de Evaki. Tan absorto de la realidad quedé, que no me percaté que había terminado la botella de cerveza y la llevé vacía a mi boca. La coloqué en un lado y me levanté nuevamente, caminando hacia la barra, cuidadosamente observando cada detalle de esta visión alcoholizada que creaba mi mente. Tan convencido estaba de que esta chica no podía existir que comencé a explorar detalles inexplorados de ella antes de que desapareciera. Su cabello corto y castaño, su cuello medianamente largo, su espalda bien puesta y sus brazos, sus piernas de atleta, todo eso fue tomando forma en mi mente a medida que me acercaba y pasaba por su lado. Su perfil me resultó más hermoso aún, su nariz resaltaba por encima de sus labios, su sonrisa se hacía visible y su mentón era como lo esperaba. Me detuve en la barra a pedir lo habitual y en ese tiempo pude, de reojo, tomar más detalles de esta chica. Sus ojos grandes y casi saltones se quedaron plasmados en mi mente, ese color marrón que observaba sin detenerme, sus labios pequeños pero sutilmente hermosos, con un color rosado suave, su nariz redondeada que reflejaba un tanto las raíces africanas con las que todo puertorriqueño cuenta, sus pómulos, en fin su rostro completo y su forma de mirar fueron lo necesario para apoderarse de mi persona. Me volteé para regresar y me percaté de algo que no me había fijado aún, su amiga ya no estaba.

       Ella estaba sola almorzando un plato de pasta hecha en casa y una botella de agua. “Por una de tus caricias yo soy capaz de dejarlo todo mi amor”, si Tommy Torres supiera que su canción sonó en un momento tan característico hubiese sonreído. Tomé aire y me acerqué a la chica, “Buen provecho”. Se volteó me plasmó una mirada fija en mis ojos y una sonrisa amplia. Sin duda alguna era Camila, Camila la de mi mente, Camila mi personaje, Camila a quien le había dado vida a penas unos minutos antes, Camila la que ahora me enamoraba la vida. El único problema era, que no era Camila y que estaba frente a mí y yo perdido en su mirada. Sonreí pues no supe gesticular más palabras que las que ya habían salido de mis cuerdas vocales.

       Siempre he dicho que las casualidades no existen y este era un caso en el que lo supe con certeza, no existen las casualidades. Tan así que Jarabe de Palo se apoderó del lugar en ese preciso momento “Te digo que Romeo y Julieta no eran de este planeta…”. Y lo que comenzó en escritura, se volvió palabra, de palabra se volvió imagen y de imagen pasó a ser tocado. Su presencia se quedó plasmada en mi mente y solo lamenté que al despedirnos sabía que a esta chica no la vería con facilidad en mucho tiempo. Cronos había hecho de las suyas nuevamente, al menos en esta ocasión me permitió completar a mi Camila y ver si puedo darle vida.

sábado, 27 de abril de 2013

Me visitó

Y todavía la espero

Era una tarde de esas de las que pretendo no acordarme, con una cerveza en la mano para no perder la mala costumbre, estaba sentado en mi lugar predilecto. Si, en ese lugar que ha venido a ser mi “locus amoenus” y en el que grandes ideas surgen pero se ahogan entre alcohol, lágrimas y sueños truncos. Pero entonces la vi, llegó de sabe un buen dios donde porque no la había visto llegar por ninguno de los flancos. Se acercó a la barra sola, pidió precisamente la misma cerveza que yo estaba tomando y se sentó cerca de donde yo estaba. Nuestras miradas se cruzaron y de manera intuitiva nos miramos de arriba abajo. Era hermosa, tan hermosa que me recriminaba no haberla notado nunca antes. Me preguntaba de donde habría salido tal belleza, que no había visto hasta ese momento.

Traía puestos unos pantalones azules de infarto y una camisa blanca con diseños estridentes. Estaba completamente sola y pensé que esperaba a alguien. Una belleza como ella no podía andar sola en un lugar como ese por mucho tiempo, por tanto decidí esperar. Terminé mi cerveza y continué observando, paso a paso cada movimiento metódico que ella hacía. Sus dedos subiendo y bajando por el cuerpo de la cerveza como si ella intentara tentar mi cordura. Esos dedos suaves y delicados que lucía sin hacer mayores ademanes. Observaba sus ojos, esos ojos acaramelados que buscaban los míos cada cierto tiempo, en una mirada furtiva de cazadora habilidosa midiendo su presa para luego de un solo disparo atinarle al corazón. Sus labios, ese rosal prohibido en la distancia que solo el más hábil de los jardineros puede cuidar, por momentos flanqueados de sus blancos dientes que mordían su labio inferior. Y me convencía a cada rato que ella no podía andar mucho tiempo sola.

            Observé que terminó su cerveza y nadie había llegado, ella no observaba la hora y se me hacía extraño. Me levanté, fui a la barra y pagué una ronda para ambos. Le di su botella y me senté a su lado. Una sonrisa se dibujó en su pálido rostro y en el mío salpicaba la picardía. Tocó su pelo con la mano izquierda, solo eso pues no tenía mucho. El teñido de sol me llamó la atención y solo comenté la frase más estúpida que podía esbozar en ese momento: “Quien fuera jardinero para cuidar de esa rosa”. Sentí arder por dentro, metí la pata me repetía. Pero su sonrisa detuvo el pensamiento, supe que al menos le había robado una pequeña carcajada y eso era bueno. La conversación se extendió hasta que me dio su número y al oído me dijo su nombre… Evaki.

Cerré los ojos para fundirnos en uno de esos besos furtivos entre extraños y al abrirlos ya no estaba. Para mi sorpresa tenía una botella de cerveza derramada sobre la mesa y varias personas a mi alrededor abanicándome y poniendo gazas con alcohol frente a mi nariz. Pregunto dónde está ella y la describo pero nadie me supo decir. Desde entonces paso cada rato libre en el mismo lugar, esperando que un día de la nada, regrese y se siente a mi lado nuevamente. Pero eso, no creo que suceda, al menos no por ahora.

viernes, 8 de marzo de 2013

Relato de un reconocimiento



Todos con sus audífonos puestos, ensimismados en su mundo y yo observo. Observo al mundo que pasa frente a mí, como pasa en tránsito el tiempo, metido entre las letras de mi libreta; metido en eso que me apasiona. Suben y bajan la escalera, y por unos segundos nuestras miradas se funden en un reconocimiento de lo etéreo. No nos conocemos, no sabíamos de nuestra mutua existencia, pero aquí estamos, mirándonos fijamente, observando cada milímetro de nuestra anatomía antes de voltear el rostro a nuestro interior y a la vuelta de la escalera desaparecer.

Y fue cuando subió ella, cada paso que daba la hacía parecer más que una diosa. La luz de neón reflejándose en su rostro hacía que pareciera nívea y la suave brisa que subió entre los agujeros de la pared, hacía mecer sus cabellos como olas en el mar. Era una visión divina subiendo esas escaleras frente a mí. Sus manos dentro de su abrigo, tan blanco como parecía su rostro debido al resplandor de la luz de neón, su bulto color negro con puntos rosas contrastaba con la blancura de su rostro y su abrigo. Tanto el abrigo como el bulto denotaban que su edad fluctuaba entre los dieciocho y los veinte años.

Ahí estaba yo, observando como ella subía las escaleras con la paciencia y resignación de quien hace algo por mera obligación. Deduje que iba para una clase que no era de su agrado, y no la culpo, pues a esta hora quien tiene ánimos de hacer algo más que soñar en una blanda cama. Y así subía, escalón por escalón, como quien sube peldaño a peldaño el camino al calvario, mirando al piso, ese piso que a veces limpian y a veces dejan pasar días sin tocar, por evitar tropezar y caerse. Y la observaba yo, interpretando cada paso y cada gesto que ella gesticulaba al hacer su peregrinación rutinaria al salón.

Alzó su mirada súbitamente y me miró, descubrió mis ojos observándola fijamente y sonrió. Había roto la monotonía de su peregrinación. Sacó una de sus manos de los bolsillos del abrigo y se recogió uno de los lados de su cabellera de mar, detrás de la oreja, como intentando embellecer o descubrir detalles que no había podido ver por sus cabellos cubrirlos. Miraba al piso y luego subía la mirada para penetrar cada vez más en mi mente y mi alma.

El reconocimiento continuó, sus ojos de miel se posaron en los míos. Me observaba y la observaba, subíamos y bajábamos la mirada, intentando escanear la anatomía uno del otro y adentrarla a nuestro subconsciente. Para así en las noches, se posara junto con los ramos de Morfeo en nuestros sueños la esperanza y la figura que habíamos visto en ese momento. Hacernos parte uno del otro y reconocer el alma de ambos.

Seguía su rumbo, caminaba ahora frente a mí, su anatomía de griega diosa se hacía cada vez más prominente. Sus cabellos negros, su tímida sonrisa y su mirada penetrante me idiotizaban. En ese momento ya era de ella, y ya ella lo sabía muy bien. Se aprovechaba de que me tenía en sus manos, que podía juguetear con mi mirada como quisiera. Detuvo su paso y lentamente cruzaba frente a las puertas del ascensor frente a mí.

Tenía que observarla, era casi una obligación divina. Detuve mi escritura y miré directamente a sus ojos. Me sonrió, sus dientes perlados se hicieron hueco entre mis pupilas y volvió a meter las manos en los bolsillos del abrigo. Ya me sabía suyo y yo la sabía mía. Nos besamos con la mirada, con la sonrisa nos amamos y en el caminar nos unimos.

Era ella, sentía el impulso incontrolable de levantarme, pero algo me aguantaba. ¿Sería acaso la escritura lo que me ataba? ¿Sería que las letras sentían celos de su belleza y temían perderme? Solo sé que continuó su marcha sin yo poder levantarme y simplemente me resigné a sonreírle. Sin saber su nombre nos unimos, sin conocer más que nuestra anatomía fuimos uno. Por unos segundos el tiempo se detuvo y nos conocimos.

Dio vuelta en la escalera y sonó mi alarma. Subió ella por la derecha y yo caminé a la izquierda en el pasillo. Ambos caminamos a nuestro destino, metidos en nuestras cosas, habiendo vivido algo divino. Compartimos unos segundos, segundos que parecieron años. Sin la esperanza de volvernos  a ver, sabiendo que por ese momento fuimos uno y nos reconocimos al mirarnos fijamente. Entré en el salón, con su figura aún clavada en mis pupilas, cerré mi libreta y de la chica no quedó más que este relato.